LA TÉCNICA REFLEXISTA

El Reflexismo, que así fue bautizado por Cía, gana el nombre de Pintura Verdadera al convertir la mancha cromática en su principal protagonista; pero precisemos algo más. Puede llamarse pintura op-art porque los colores se matizan con fundidos y las manchas quedan sometidas a la envoltura de la luz real. ¿Conocemos otro arte que produzca mayor misterio, mayor embriaguez sensitiva, que esas nebulosas brillantes y tornasoladas que parecen vibrar como soles propios?

Para su planteamiento, el artista se apoya en superficies sustentantes – siempre chapas metálicas – desde donde procura hacer brotar el el rico caudal de los brillos. Las operaciones a que somete las láminas son muy variadas. A veces, raya la chapa, señalando direcciones luminosas; otras la pica en salpicaduras vibrátiles; otras, procura conseguir giratorios soles con la frotación del disco…

Pero el color (aquí está el auténtico protagonista) armoniza y atenúalos reflejos duros, consiguiendo perspectivar los brillos hasta alcanzar efectos de profundidad. Cía afrima con esto se pintor experto porque el rango de sus colores unifica y entrama siempre esos otros toques luminosos, activos de los brillos. Y esta importante presencia colorista es lo que le adscribe al universo de la Pintura Verdadera.

Viendo su obra descubrimos, apenas miramos, una personalidad distinta de aquellos otros artistas que se apoyan en luces extrañas a la propia esencia del cuerpo-arte pictórico que es la mancha cromática. No hay en sus cuadros focos exhibidos o forzadas manipulaciones de la luz. En su madurez artística todo resulta sencillo y aparentemente fácil, porque formula una buena ordenación de imágenes abstractas son el suave contraste del color y con el dominio de tenues y veladas transparencias. Dicho claro: en este bastidor de la chapa es donde emergen a ráfagas, los brillos redentores. Tornasoles vivios que pregonan en la obra de Cía, dos aciertos opartianos: la luz real y el movimiento ocular.

Expliquemos ahora, siguiendo el curso de sus creaciones, el camino alucinante y fantástico que nos brinda el pintor. Al principio Cía fue directo a complacerse, como todos los opartianos, en el brillo de bajorrelieves troquelados. Utilizó para ello chapas maleables que al ser grabadas daban aspecto de obras artesanales de las cuales no quedó contento. Así que buscó láminas duras, capaces de despedir el brillo al ser rayadas. Solía partir de un panal de manchas coloreadas, casi apelmazadas, sobre el cual situaba un enjambre de puntos luminosos que despedían rayos en todas direcciones.

Si yo fuera comentarista dado a la comparación diría que esta etapa recordaba aquel ‘rayonismo' de Larionov que intentó cambiar las facetas cubistas por rayos disparados desde cada forma. Pero la propuesta se inscribe en otra pauta. En Cía los rayos no son pintados: son haces relucientes conseguidos con el brillo trazador de la chapa rayada, reflejos que invaden todo el campo pictórico en alegre amanecer de estrellas.

Pienso, por todo ello, que bien miradas estas primerizas obras de José Anonio Cía resultan un tanto duras, aunque entran dentro de la línea modal que el opart de entonces exigía. Algunas de ellas, apenas desarrollan el sentido de profundidad y se juzgan como Pintura Verdadera con imágenes que levemente inician una superposición de planos. Más, en otras, se advierte muy bien el escalonamiento de las masas cromáticas luminosas, de manera que el panel cobra aspecto de ese fulgor distanciado de los relámpagos que dan dimensión tridimensional.

Pero el gran hallazgo del pintor reside en las nebulosas florescentes. Merced al disco de frotación y al entintado cromático, logra Cía que dichas nubes alumbren como astros que flotan en el espacio. Los claroscuros, desvanecidos y transparencias, nos advierten que estamos ante formas trabajadas como Pintura Verdadera, de gran belleza dentro del experimento Op-Art. Presenciamos entonces un universo esplendoroso, de desatado hechizo. Las masas se van disponiendo en tremenda palpitación sideral o rompimiento del cosmos, despertando así una imagen abstracta de poder subyugante contenido tridimensional.

Texto: Tomás Martínez Blasco. Académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.